San
Isicio y los Siete Varones Apostólicos. Una de las tradiciones sobre el origen del Cristianismo en España
es la que se refiere a la presencia de los Siete Varones Apostólicos,
entre los que se encuentra San Isicio, Santo Patrón de Cazorla desde
finales del siglo XVI
Según ésta, los apóstoles Pedro y Pablo escogieron a
siete discípulos suyos, santos varones, los consagraron obispos y los
enviaron a España, allá por el siglo I, con la misión
de evangelizar esta provincia romana. Sus nombres eran Torcuato, Tesifonte,
Indalecio, Segundo, Eufrasio, Cecilio y nuestro Isicio.
Se dirigieron a la Bética,
provincia romana que se correspondía aproximadamente con lo que actualmente
es Andalucía, y al llegar a la colonia romana de Acci, (hoy Guadix),
se detuvieron en las afueras de la ciudad, que se encontraba celebrando festejos
en honor de los dioses romanos Júpiter y Mercurio. Conocida la presencia
de los forasteros y sus intenciones evangelizadoras, salieron algunos accitanos
tras ellos con ademanes y voces amenazadoras.
Ante esta actitud de los naturales
del lugar, los Siete Varones Apostólicos retrocedieron y atravesaron
un río. Sus perseguidores prosiguieron para darles alcance, pero, cuando
intentaban atravesar un puente, se hundió éste y perecieron
todos ellos. Los habitantes de Acci, al conocer estos hechos se sobrecogieron
y llenaron de estupor, de tal manera que encargaron a una matrona romana llamada
Luparia que, en nombre de todos los vecinos saliera y les recibiese. Así
lo hizo y tanto ella como el resto de la población se convirtió
al cristianismo.
Los Siete Varones, desde allí, iniciaron su actividad apostólica
distribuyéndose por distintas ciudades. Torcuato, que en todos los
documentos aparece como jefe, quedó en Acci; Tesifonte se dirigió
a Vergi; Indalecio a Urci; Segundo a Abula; Eufrasio a Iliturgis; Cecilio
a Iliberis o Elvira y Hesiquio a Carcesi, identificada por algunos autores
como Cazorla.
A Isicio, Hesiquio, Hicicio o Hisicio,
(que de todas estas formas se le ha llamado), nuestro Santo Patrón,
la tradición de nuestros mayores le sitúa en Carcesi o Cazorla,
donde estableció su sede y fundó Iglesia, permaneciendo con
sus ministros y seguidores trece o catorce años evangelizando estas
tierras y convirtiendo a sus gentiles al cristianismo.
Esa fue su labor hasta que un buen
día un grupo de paganos cercenaron su tarea evangelizadora de manera
violenta. Y así, fue arrastrado hasta el sitio conocido como la Esperilla
o la Pedriza, junto al lugar en donde más tarde se le levantaría
una ermita, y allí lapidado. A partir de aquí la tradición
ofrece dos versiones. La primera nos dice que murió en Cazorla como
consecuencia de las heridas recibidas. Sin embargo, otra segunda versión
sostiene que sobrevivió y fue convocado a Concilio a Elvira (Granada).
Allí padeció martirio en el Sacromente, donde fue quemado con
3 de sus discípulos en el año 58, bajo el mandato del emperador
Nerón.
Hacia fines del siglo XVI (mayo de 1585), en auto capitular el Concejo de
Cazorla le declaró Santo Patrón de la ciudad, acordándose
festejarlo el día 15 de mayo y levantándosele altar en el lugar
que actualmente ocupa su ermita, que hubo de construirse muy poco después,
ya que aparece citada como tal en un documento de comienzos del siglo XVII.
Así pues, la devoción a nuestro Santo nació o renació
en el siglo XVII.
La
Ermita.
La ermita del Santo, secular seña de identidad del paisaje cazorleño,
es de es de sencilla arquitectura, reluciente en su blancor y de típico
sabor andaluz. Su única nave se asienta sobre un basamento natural
de piedra, al que se asciende en su fachada principal, la que mira a la ciudad,
por una tosca escalinata labrada en su pétreo asiento. Frente a su
puerta, presidiendo el pretil que cierra su modesta glorieta, se levanta una
cruz que se recorta en el paisaje.
En su interior, igualmente blanco y sencillo, destaca la rudimentaria techumbre
de madera, el presbiterio, ligeramente elevado sobre el resto del piso, y,
en lugar preferente, una hornacina con la imagen de San Isicio que en su origen
fue una talla, hoy destruida, del siglo XVII y de buena factura.
La fiesta y la "Caracolada"
El 15 de mayo es en su ermita de San Isicio, cercana a la <<Fuente de
la Pedriza>>, donde dice la leyenda que fue martirizado, adonde los
romeros acuden para festejar a su Santo Patrono. En la tarde-noche del 14
al 15 se realiza la <<bajada>> del Santo a la iglesia parroquial,
recibido con la tradicional <<caracolada>> o iluminación
artística de fachadas y tapias con lamparillas de aceite instaladas
en conchas de caracoles, que se sujetan con arcilla a las paredes, formando
dibujos geométricos y algunas cruces. San Isicio ha de llevar en su
mano el primer racimo de cerezas de la temporada y el mejor manojo de espigas
verdes de nuestra campiña
SAN ISICIO, PATRÓN
DE CAZORLA
Es tradición que, allá, en los
albores del cristianismo, uno de los siete Varones Apostólicos, Hesiguio
o Isicio, trajo a Cazorla la luz de la fe y estableció en ella su sede
episcopal, por lo que, desde tiempo inmemorial, se le venera como Patrón
y, el 15 de Mayo de cada año, el pueblo se traslada en procesión
hasta la "Pedriza", lugar donde el Santo fue lapidado y tiene su
ermita.
El
año de 1535, una terrible epidemia de peste diezmaba la población,
ocasionando gran cantidad de muertes, tanto en personas como en animales.
La situación era desesperada: los cazorleños acudieron a su
Patrón, San Isicio, y la plaga cesó. En memoria de semejante
portento, los dos cabildos de la villa, el civil y el eclesiástico,
hicieron voto perpetuo de celebrar, cada año, la fiesta del Santo como
día de precepto, con liturgia "doble mayor de primera clase".
Desde entonces, año tras año, en cumplimiento
de esta promesa, la tarde del 14 de Mayo, se trae a San Isicio desde su ermita
a la Parroquia; los hortelanos de aquel pago se apresuran a adornarlo con
lo mejor que tiene: olorosas rosas de mayo, madreselvas y romero, y, en la
mano del Santo, que bendice, las primeras cerezas y un manojo de ubérrimas
espigas. Cuando el piadoso cortejo llega al pueblo, ya está iniciada
la noche, entonces, un singular espectáculo se ofrece a los ojos de
los romeros: millares de caparazones de caracol, convertidos en candiles,
artísticamente colocados en fachadas y balcones, iluminan la carrera
de la procesión. Es una costumbre secular, que no por antigua deja
de sorprender cada año.
El día 15 se celebra la fiesta en la Parroquia.
El Consejo asiste bajo mazas, y la campana "gorda" del reloj toca
incesantemente, hasta que la Corporación penetra en el templo. En las
primeras horas de la tarde, se devuelve el Santo a su ermita. El Ayuntamiento
obsequia a los romeros con la típica "cuerva", y los jóvenes
enamorados ofrecen a sus prometidas el tradicional "cartucho", pletórico
de confites.
Texto: RUFINO ALMANSA TALLANTE
Presbítero e Historiador