En el año
de 1.633, se instaló en Cazorla un noble matrimonio burgalés,
formado por D. lñigo Fernández de Angulo, Caballero del Hábito
de Santiago y Alguacil Mayor perpetuo de la villa de Cazorla, y su esposa
Dª Francisca-Antonia de Sandoval y de la Tovilla; padres que fueron de
cuatro hijos, nacidos en nuestro pueblo, entre los que conviene destacar al
mayorazgo, D. lñígo-Rodulfo Fernández de Angulo, marqués
de Hinojares, y el Ilmo. D. Fray Diego Fernández de Angulo, que llegó
a ser Arzobispo de Caller, Primado y Virrey de Cerdeña, su Capitán
General en propiedad y Obispo de Ávila.
Esta ilustre
familia, como era costumbre en la época, adquirió para su sepultura
la capilla de San Cristóbal de la Parroquia Mayor de Sta. María
de Gracia de Cazorla, dotándola espléndidamente de todo lo necesario
para el culto. Presidiendo el altar, colocaron un lienzo de grandes dimensiones,
representando una piadosa imagen de Cristo muerto en la Cruz con dos orantes
a sus pies que, según todos los indicios, son el ya mencionado marqués
de Hinojares y su esposa, Dª Francisca-Juana de la Tovilla Escós
y Godoy. Este Cristo, al que titularon "del Consuelo", dió
nuevo nombre a la capilla, y, muy pronto, vendría a centralizar la
devoción de todos los cazorleños.
“El
diluvio” de 1694
El día
2 de junio de 1.694, una horrorosa tormenta descargó sobre Cazorla
y, en poco más de una hora, la dejó asolada. El aluvión
arrastró enormes peñascos, que obstruyeron el ojo de la bóveda
sobre la que se asienta la iglesia y la Plaza Mayor, y sirve de puente al
cauce del río Cerezuelo. Las aguas hicieron presa y, reventando los
muros de la sacristía, inundaron el templo, tomando altura a un nivel
insospechado y destruyéndolo todo. Nos dice Baltasar del Castillo,
cronista de la tragedia que sólo la plata perdida valía más
de diez mil ducados; cincuenta sacerdotes seculares quedaron sin ornamentos
y las imágenes se encontraron destrozadas, la más cercana a
una legua de distancia. "Solo quedó la de Ntra. Sra. de Gracia
y el Santo Cristo del Consuelo, que se sacó al otro día mojado
hasta la mitad y herido de las piedras". Hubo sesenta y siete muertos
y no quedó en el pueblo casa habitable El hecho de que el Señor
del Consuelo se hubiese librado de las aguas, se consideró milagroso,
y los cazorleños, afligidos por tantos males, comenzaron a acudir a
Él en busca de y, a sus plantas, encontraban la fuerza necesaria para
continuar luchando y el "consuelo" que tanto ansiaban y nadie les
podía dar.
La devoción
al milagroso Cristo fue creciendo de día en día y, a comienzos
del Siglo XVIII, se introdujo la costumbre de imponer a los niños en
su bautismo el nombre de Consuelo, práctica que ha llegado hasta nuestros
días, si bien, ya rara vez como primer nombre.
Fiestas populares:
Corridas de toros y otros esparcimientos.
El fervor del pueblo transcendió los límites del templo y el
día de la Exaltación de la Santa Cruz no sólo se celebraba
con gran aparato litúrgico, sino que también en la calle tenían
lugar toda suerte de regocijos de tipo profano.
La víspera
de la fiesta, se encendían grandes luminarias al filo de la Peña
de los Halcones y en las calles del pueblo; en el "Tiraor”, se
quemaban vistosas ruedas de fuegos artificiales; y, a ejemplo de las cofradías
del Santísimo Sacramento y de la Virgen del Rosario, comenzaron a correr
toros en la Plaza Mayor, a veces, no sin cierta oposición, pues la
Iglesia no veía con buenos ojos este tipo de espectáculos y
el Sínodo de Toledo los tenía prohibidos, por lo que, generalmente,
se reducían a capeas, "sin toro de muerte ni enmaromado ".
En la tarde del
día 8 de septiembre de cada año, haciéndolo coincidir
con el paso de los devotos que, cargados de estadales, regresaban de las romerías
de Ntra. Sra. de Tíscar y de Montesión, se colocaba "el
madero" a la entrada del camino de San Isicio, rito simbólico
con el que se daba comienzo a la construcción del improvisado coso
taurino, tapando las bocacalles de la Plaza de Sta. María y cerrando
el "anillo" con empalizadas. Había música y se vendían
churros, garbanzos "tostaos ", arropía y otras golosinas.
El número de corridas se anunciaba con otros tantos cohetes, a los
que los vecinos estaban atentos desde todos los rincones del pueblo.
La entrada al
festejo solía ser gratuita; no así el acceso a los amplios balcones
con tejadillo y complicados barandales de madera torneada, que eran alquilados
por sus dueños. Pero, ante la insuficiencia de la plaza, donde se instalaba
el verdadero tendido era peña arriba, en el "Carril" y, sobre
todo, en el "Tiraor" y el "Peñón Rodao', que
cobraban nueva vida con la abigarrada mezcla de colores de los diversos vestidos.
Durante la corrida
se producían toda serie de incidentes, aunque nunca graves, desde hundirse
el tablado donde se acomodaban los músicos, hasta tomar un buen baño
toros y toreros, en el pilar de la "Fuente de la Cadena".
El día
17 de septiembre de 1.808, se lidiaron toros de la ganadería del Señor
del Consuelo. D. José de Hornos y Godoy se desplazó desde La
Iruela, acompañado de su esposa, Da Magdalena de Heredia, que se encontraba
en cinta y, por cierto, en periodo muy avanzado. Hacia la mitad de la corrida,
cuando la fiesta alcanzaba su máximo esplendor, a Da Magdalena le sobrevino
el momento del parto. El azaramiento fue grande, familiares y amigos se apiñaron
en torno a la parturienta. La atribulada señora musitó una oración
"Señor del Consuelo, socorreme”; no hizo falta más,
el alumbramiento fue feliz, una hermosa niña.
La noticia cundió como reguero de pólvora; el pueblo entero
a los acordes de la banda de música, se organizó en procesión
hasta la iglesia, en donde la niña recibió las aguas del bautismo
se le impusieron los nombres de Francisca del Consuelo Carlota. Luego D. José
de Cuenca, cura teniente de la Parroquia Mayor de Sta. María de Gracia,
procedió a la inscripción del bautismo en los libros sacramentales
y, al verificar la naturaleza y vecindad de los padres, con escuetas, pero
precisas palabras, de su puño y letra, dejó constancia del acontecimiento:
"Pero la niña nació en la Plaza maior de esta Vilha,
con motivo de haver venido sus padres a divertirse a los toros"
La invasión francesa.
El año
de 1.810 fué funesto para Cazorla y su comarca, pero los cazorleños
supieron defender a su Patria frente al invasor francés y a muchos
les cupo la gloria de morir por ella.
Serían
como las seis de la mañana del día 30 de marzo cuando "a
tambor batiente entraron las milicias imperiales en Cazorla, tomando sus entradas
y salidas con grandes guardias avanzadas y centinelas en las esquinas”.
Eran mil infantes y doscientos de a caballo. El comandante francés,
por todo saludo, acusó al pueblo y a sus autoridades de "haver
acogido tropas españolas y haver convocado el Corregidor a sus vecinos
para el alistamiento de partidas... que salieron a ayudar y a fomentar la
revolución”. La superioridad francesa había considerado
estos actos como traición y multaba a la villa de Cazorla "en
la cantidad de quatrocientos mil reales, que habían de hacer efectivos
inmediatamente; de lo contrario 105 vecinos serían sometidos a las
más rigorosas represalias, que sufrirían en sus personas y haciendas”.
Este fue el prólogo
de una epopeya, que se escribiría con la sangre generosa de los hijos
de Cazorla.
A lo largo de
dos años, el yugo y las exigencias del invasor pesaron sobre nuestro
pueblo, que tuvo que soportar veintidós cruentas incursiones, catorce
recios ataques y dieciséis saqueos, en los que la población
quedaba a la voluntad de los soldados y las mujeres, aun las más sagradas,
expuestas al deshonor
Pero no solo
esto, cinco voraces incendios redujeron al pueblo a cenizas: los cinco conventos,
el "Santo Hospital”, la mayoría de las ermitas y la parroquia
de Sta. María, el más hermoso templo del Adelantamiento, fueron
abrasados. Cuando se extinguió el fuego, los vecinos bajaron de los
montes, se acercaron con dolor a contemplar las ruinas de su iglesia, y vieron
con ojos atónitos que el Cristo del Consuelo emergía de entre
las pavesas, majestuoso, sin haber sufrido daño, con los brazos abiertos,
en actitud de abrazar a sus hijos.
Para conocimiento de las futuras generaciones, el prodigio quedó reflejado
en las Actas Capitulares de la siguiente manera: "es ynegable que dicho
Señor ha manifestado su grandeza con haverse devorado toda la Yglesia
con el título de Sta. María, donde se venera el Señor
del Consuelo, y fue el caso que aun no tan sólo no se yncendió
su Capilla, sino es que la puerta de ella no percibió hum, teniéndose
por milagro patente ".
El enemigo se retira, vuelve la calma.
En la noche del
24 de marzo de 1.812, se levantó de Cazorla la guarnición francesa.
El ayuntamiento y sus alcaldes quedaron libres para ejercer la potestad de
jurisdicción y gobierno que les correspondía.
El día
1 8 de septiembre, entraron en Jaén las tropas españolas, al
mando del teniente coronel, D. Antonio Mª Porta. La esperanza renació
en los corazones; pero pronto se vio empañada por otra noticia: Los
franceses, en retirada, pasarían por el término de Cazorla.
El pueblo atribulado acudió al Cristo del Consuelo, ofreciéndole
votos y prometiendo "dedicarle funciones en acción de gracias,
si lo liberaba de la ynbasión que se temía ". El día
1 9 pasaron por la aldea de PeaI de Becerro más de nueve mil franceses,
últimos que quedaban, procedentes de Jaén, y el 20 estuvieron
en Quesada; pero se marcharon sin ocasionar la menor extorsión ni exigir
raciones, como era fama que hacían por donde pasaban.
En acción
de gracias por este nuevo favor y por verse liberados definitivamente del
yugo extranjero, los señores del Concejo ordenaron tres días
de fiestas religiosas y profanas, que incluían misa solmene con ''Te
Deum" y procesión general. Hubo luminarias en las calles,
música, corridas de toros y otros regocijos populares.
Dos interrogantes y sus posibles
respuestas
El fervor de
Cazorla por el Cristo del Consuelo alcanza su punto culminante después
de la invasión francesa; pero es también entonces cuando se
nos plantean dos incógnitas que, aun que no afectan a la esencia de
la devoción, si que dejan una cierta laguna en la historia de la misma.
Nos referimos al traslado de templo y al cambio de iconografía; vamos
a intentar dar una respuesta adecuada.
No conocemos
con precisión la fecha en que pasa el culto al Señor del Consuelo
de la Parroquia de Sta. María de Gracia a la iglesia del convento de
San Francisco. Cuando se nos pregunta sobre el particular, respondemos invariablemente
que después del incendio provocado por los franceses, que destruyó
el mayor de nuestros templos. Sabemos que, después del fuego, una reparación
de emergencia, con vistas a una seria consolidación posterior, permitió
que nuestra parroquia continuara abierta al culto hasta comienzos del 1.819,
en que, fracasadas todas las diligencias llevadas a cabo en favor de su plena
restauración, el clero local se vio obligado a abandonar el proyecto
y, ante la ruina inminente, por mandato superior, se traslada la sede de la
parroquia a la iglesia del Sr. San José de las MM. Agustinas.
Si no tuviéramos
otras noticias, podríamos pensar, lógicamente, que al quedar
clausurada la iglesia de Sta. María, sus imágenes pasarían
a los restantes templos locales y, con ellas, el Señor del Consuelo;
sin embargo, no fue así, ya que, como luego veremos, el Cristo del
Consuelo, al ser de propiedad privada, fue llevado a casa de sus dueños.
Por otra parte, en los libros parroquiales de defunciones encontramos nuevas
pistas por las que podemos deducir que, allá por el año de 1.815,
se veneraba en San Francisco al Señor del Consuelo, así se desprende
de varias testamentarías piadosas que ordenan mandas de misas en su
altar. ¿Qué sentido tiene todo esto, cuando todavía en
esa fecha está abierta al culto la parroquia en Santa María?
Pudo suceder
que, al incrementarse la devoción al Cristo del Consuelo, el pueblo
considerase la imagen como suya e intentase entrometerse en el gobierno de
la capilla, que, como hemos visto, era de patronato; cosa muy seria dentro
de las formalidades de la época. Los Fernández de Angulo, naturalmente,
celosos de su responsabilidad como patronos, al sentir conculcados sus derechos,
opondrían resistencia a las pretensiones del pueblo y, este, sintiéndose
agraviado, tomó una decisión de capital importancia: hacerse
su propio Cristo, no copia del anterior, que pudiera continuar hablándoles
de una familia particular, sino el Cristo de todos. Esto nos explicaría
el cambio de iconografía tan radical, porque en nada se parecen los
dos lienzos: El de los orantes, venerado en Sta. María, es un Cristo
patético, literalmente colgado de la Cruz, con marcadas influencias
de los cristos de Pacheco y Zurbarán. El de San Francisco, a imitación
del de Velázquez, es un Cristo que reina desde la Cruz, está
en ella como en un trono; y, mientras aquel tiene los pies superpuestos y
sujetos por un sólo clavo, éste los tiene separados y fijos
por dos clavos; el primero está sobre un fondo oscuro y tiene a sus
pies al caballero y la dama, en actitud de orar; y nuestro Señor del
Consuelo está sobre un cielo de densas nubes y con un pueblo a sus
pies. Este es el Cristo que los cazorleños quisieron para sí,
el que, sereno, con la majestad de Dios, en medio de las tempestades de la
vida, consuela a su pueblo; orque todo esto es lo que está significado
en nuestro cuadro.
Entonces es posible
que, durante un período de cuatro o cinco años, hasta que, en
el 1.819, se clausuró definitivamente la Parroquia Mayor, hubiese dos
cristos: el de la capilla de los Fernández de Angulo, que dio origen
a la devoción, y el que se hizo el pueblo, que, quizá,. no se
veneró nunca en Sta. María, sino en San Francisco, pues no hay
que descartar que, en medio de las tensiones entre el pueblo y los Fernández
de Angulo, los frailes estuviesen instigando a una y otra parte, para llevar
el agua a su molino
Efectuado el
traslado de la sede parroquial a la iglesia de San José, el Cristo
de los orantes, pasó desde su capilla de Sta. María a las casas
principales de sus dueños, en la calle de La Herrería, y en
ellas ha permanecido hasta nuestros días;circunstancia esta providencial,
que evitó su destrucción en 1 .936.
La Cofradía
A finales del
S. XVIII, ya hay indicios de un grupo de fieles organizados a manera de cofradía,
que asume la responsabilidad de celebrar las fiestas en honor del Cristo del
Consuelo, tanto religiosas como profanas; y, aunque se autodenominan "Hermandad",
carecen de constituciones aprobadas por la jerarquía eclesiástica.
Por las Actas
Capitulares, tenemos noticia de que, en el mes de septiembre de 1.812, era
mayordomo interino de esta cofradía Antonio Ruiz, quien solicita del
Ayuntamiento autorización para correr toros en la Plaza Mayor y celebrar
así la retirada de los franceses.
Sin embargo,
es en el 1.819 ya en la iglesia de San Francisco, cuando esta agrupación
cobra nueva vida, como cofradía independiente, aunque todavía
sin explícita aprobación del arzobispado de Toledo.
Según
parece, también por estos años, se introduce la costumbre de
la novena de mayo, dando comienzo el día 3, en que se conmemora la
fiesta de la Invención de la Sta. Cruz. En el 1.849, aparece el primer
texto impreso que conocemos de este piadoso ejercicio, compuesto por un cofrade
anónimo y enriquecido con ochenta días de indulgencia por D.
Antonio Folgueras y Sión, arzobispo de Granada, ciudad donde fue editado,
en la imprenta de D. Jerónimo Alonso. La novena va acompañada
de unos "Gozos ", que comprenden catorce estrofas para ser cantadas,
en las que se pide la protección del Señor, se le dan gracias
por los favores derramados sobre su pueblo y se evocan sus maravillas, al
librarse del fuego de los franceses.
En el año
de 1.859, se confeccionan unos estatutos que, una vez sancionados por el Cardenal
Alameda y Brea, según las leyes vigentes, se sometieron a la Aprobación
Real. En la solicitud que con tal fin elevaba la cofradía a S.M., hay
una cláusula que reza así: "Si esta Hermandad, Señora,
pudiera contar entre los individuos que la compone, como Hermano Mayor de
ella, a vuestro Excelso Hijo, el Príncipe Alfons,/ grande sería
su satisfacción, porque educado por una madre tan bondadosa, tiene
que ser un modelo de virtud y religiosidad".
Isabel II tan
amiga de cofradías y tradiciones populares, se sintió complacida,
y dio respuesta favorable al nombramiento de Hermano Mayor para el Príncipe
de Asturias, que apenas contaba dos años. Concedió el título
de "Real" a la "Hermandad del Señor del Consuelo"
y envió artísticamente bordados en plata, sobre damasco carmesí,
los escudos de la monarquía española y de casa de Barbón,
que la cofradía colocó como coronación sobre el cuadro
del Cristo, proclamando así la distinción real.
Es también
en la segunda mitad del s. XIX, cuando, a petición de sus devotos,
se realiza diversos grabados del Señor del Consuelo; y, aunque la leyenda
que llevan al pie, los proclama “ Verdadero Retrato”, bastante
poco se parecen al original; los dibujos debieron hacerse de memoria, ya que
todos varían entre si, y ninguno reproduce con exactitud la imagen
del Cristo ni el fondo en que esta se enmarca.
Estos grabados
se estamparon tanto en seda como en papel y van orlados con distintas grecas,
más o menos complicadas, unas veces doradas y otras en blanco y negro.
Asimismo, en la parte inferior, aparece siempre la tabla de indulgencias concedidas
por altos dignatarios eclesiásticos, prelados y cardenales, e, incluso
por S.S. el Papa Pío IX, que el 16 de noviembre de 1.876, se dignó
conceder una indulgencia de siete años y siete cuarentenas a quienes,
devotamente, rezaren el Credo ante la venerada imagen del Cristo del Consuelo.
Las fiestas de otoño.
El 14 de septiembre,
Exaltación de la Sta. Cruz, se inician las fiestas que, cada año,
Cazorla dedica a su Cristo. Son tres días de solemnidades religiosas,
a las que, luego, sigue la Feria. La "Entrada del Trigo” tradicional
ofrenda de los campiñeses al Señor del Consuelo, en acción
de gracias por la cosecha, constituye un pintoresco desfile que, si bien,
ha ganado en vistosidad y colorido, ha perdido su genuino encanto primitivo
y su casticismo, incorporando elementos extraños a nuestra cultura
local. Ya no entran aquellas caballerías de antaño, primorosamente
enjaezadas; y son escasas las parejas de jóvenes que lucen el típico
atuendo serrano, dando preferencia al vestido de gitana y al traje campero,
con lo que nuestra fiesta ha perdido identidad.
En la noche del
16, víspera del "día del grande", tiene lugar la "vocación",
fuegos de artificio: Fantástico espectáculo de luz y sonido,
que, durante más de medio siglo, se vino celebrando en la vieja Plaza
de Sta. María, marco excepcional en el que, mientras el colorido de
las bengalas realzaba la magnificencia del templo en ruinas y la belleza del
paisaje que lo rodea, el estruendo de la pólvora rememoraba los luctuosos
acontecimientos de la invasión francesa y el voraz incendio que consumió
la Parroquia Mayor, del que milagrosamente se salvó la imagen de nuestro
Cristo.
Últimamente,
este espectáculo de fuegos artificiales se ha trasladado a la ladera
de la ermita de San Isicio, para evitar que las fuertes explosiones de los
morteros afecten negativamente a las ruinas de Sta. María, acelerando
su ya avanzado deterioro.
“EI Día del Señor”:
La Procesión.
En la madrugada
del 17 de septiembre, un peregrinar silencioso de hombres y mujeres recorre
las calles por donde luego ha de pasar el Señor, son gentes que han
venido de lejos y tienen que regresar pronto a sus hogares; caminan descalzos,
con velas encendidas en sus manos; los hombres llevan la cabeza descubierta
y algunas mujeres, sostenidas por dos familiares, van de rodillas. Cuando
las campanas anuncian la alborada, ya han cubierto anticipadamente la carrera
de la procesión.
A las once de
la mañana, solemne fiesta religiosa concelebrada por todos los sacerdotes
de la comarca, en la que tradicionalmente ocupa la Sagrada Cátedra
un "predicador de campanillas ". La Coral "Santísimo
Cristo del Consuelo" interpreta la "1ª Pontificar” de
Perossi; los acordes del órgano ascienden a las bóvedas del
templo y un sagrado fervor lo invade todo y penetra en el corazón.
Acabada la misa, se baja el Señor del retablo, para la procesión
de la tarde. Son momentos de tensión emocional, que se viven en medio
de un impresionante silencio. Cuando el Cuadro, sin aparente intervención
de hombres, se coloca sólo en las andas, los fieles que llenan la iglesia,
prorrumpen en enardecidos "vivas" y aplausos.
La procesión
constituye una multitudinaria manifestación de fe y de religiosidad
popular. Las campanas, los cohetes, la música, anuncian que se acerca
el momento... Cuando el Señor asoma a la puerta del templo, los ojos
se arrasan en lágrimas y la voz se toma en la garganta... La calle
de San Francisco es un hormiguero humano. En la "Placeta de D. Simón",
hay un conato de organizarse en filas, que se mantiene a lo largo de la Herrería
y Bajada de la Plaza. No ha salido el Señor de la iglesia, y la Cruz
parroquial ya está en Sta. María.
La procesión alcanza su momento culminante, en la Plaza Vieja, cuando
llega el venerado lienzo a la altura de las ruinas de la Parroquia Mayor,
viene a la memoria la letrilla de los "Gozos" ':
Aunque la tropa inhumana
vuestra parroquia abrasó,
ni a tu capilla ofendió,
ni a tu imagen soberana".
El estruendo de la pólvora es ensordecedor. Las apiñadas casas
del barrio del castillo parecen inclinarse para contemplar al Señor.
El "Tiraor" y el "Peñón Rodao" se han vestido
de gala y una exuberante gama de colores brilla a la luz de sol poniente.
La salida de
la plaza es angosta y dificulta el curso de la procesión, que se torna
lento y no volverá a organizarse hasta llegar a la Herrería
y calle de las Tiendas, cuyo tramo final se estrecha tanto, que es necesaria
la pericia de los costaleros, para que el cuadro no roce las paredes, y han
de lIevarlo a ras de tierra, para que no toque las repisas de los balcones.
Es un alarde de equilibrio y de fuerza que el pueblo premia con aplausos y
"vivas" al Señor.
Al pasar ante el Ayuntamiento, la campana "gorda" del reloj, que
otrora estuviera en Sta. María, parece entonar con su lengua de bronce
aquella antífona latina que, a manera de orla, lleva grabada en su
falda con caracteres góticos y que, vertida al castellano, reza así:
"He aquí la Cruz del Señor, huid enemigos, ha vencido el
león de la tribu de Judá, la raíz de David, aleluya"
Y se asoma el Señor al "Pórtico" y contempla a sus
hijos que, entusiasmados, le aclaman desde la Corredera.
Continúa
el cortejo su recorrido por las calles del Carmen, Mariano Foronda, Dr. Muñoz,
y el Señor va recogiendo memoriales y aceptando las ofrendas de naturales
y extraños: campanilIas de plata, exvotos de cera y hasta trenzas de
pelo. Cada una de estas dádivas encierra la historia íntima
de un favor recibido, de una dificultad superada, de un retorno deseado...
Cuando el Cristo
del Consuelo hace su entrada en la Corredera, ha caído la noche. Una
confusa mezcla de sonidos quiere como enajenarnos: las campanas; la música;
los cohetes, que ahora se derraman en lágrimas de mil colores; las
voces de los feriantes que, desde los mil tenderetes colocados en torno a
la plaza, ofrecen sus mercancías... pero en los corazones hay silencio,
reflexión, diálogo con el Señor que pasa.
Finalmente, retorna la procesión a San Francisco. Los jóvenes
que llevan las andas, después de tantas horas de duro esfuerzo, más
reflejan gozo en sus rostros que cansancio. La multitud se apiña en
la iglesia; se oyen las últimas notas de la "Marcha Rea/”;
tintinean alegres las campanillas que penden del cuadro; traspasa el Señor
el umbral de la puerta, y se eleva un clamor:
"Padre
y Señor del Consuelo, mira a tu pueblo escogido, contrito y arrepentido,
implorando tu favor”
Él, con
los brazos abiertos, les invita a acercarse, y sus hijos se llegan mudos de
emoción, y hay una corriente de mutuo entendimiento, de corazón
a corazón... y, al despedirse, besan sus sagrados pies, como signo
de amor, y musitan la última plegaria: "Que volvamos a verte muchos
años recorriendo las calles cazorleñas".
Pero también
la procesión ha perdido tipismo; quizá porque la religiosidad
popular, como cualquier ente vivo, va despojándose de ritos ancestrales
e incorporando nuevas formas, no siempre convenientes a la santidad de lo
sagrado. El hecho es que ya no se colocan los niños deficientes, ciegos
o tullidos, en las andas del Cristo; ni camina delante el cándido cortejo
de amortajadas coronadas de flores contrahechas, con sus largas túnicas
de raso blanco, ceñidas por un cordón pajizo y calzadas con
sandalias de cintas entrecruzadas y suela de cartón; proclamando así
las maravillas del Señor que, milagrosamente, les arrancó de
las garras de la muerte. También se echan de ver las parejas de enamorados,
él vestido de "quinto n, y ella llevando en la mano una poblada
trenza de su propio pelo, que ofreció al Señor, si su prometido
regresaba con salud y vida de cumplir sus deberes para con la Patria. Tampoco
los feriantes, al paso del cuadro, tiran golosinas y garbanzos "tostaos
':sencillo homenaje que el Señor aceptaba y que los niños acomodados
sobre las andas agradecían.
La Cofradía y su labor
caritativa y social.
Aparte de su
fin principal de dar culto al Santísimo Cristo del Consuelo y fomentar
su devoción, la Real Cofradía se ha distinguido, desde antiguo,
por su dimensión caritativa y social en favor de los necesitados.
A comienzos de
siglo, cuando la mayor parte de los ingresos de la cofradía eran en
especie: reses, trigo, aceite, etc., eran proverbiales, en años de
sequía, las limosnas del Señor del Consuelo, cuyas reservas
quedaban exhaustas y su ganado diezmado ya que se sacrificaban muchas reses
de su propiedad para dar comida a los pobres.
En nuestros tiempos,
este apostolado de caridad se viene realizando silenciosamente, dando ayudas
a particulares, pagando becas de estudios, colaborando con Cáritas,
y de otras muchas formas, como en el año de 1.962, en que la cofradía
donó a la parroquia el dinero necesario para la adquisición
de un solar, donde construyó viviendas sociales y, posteriormente,
ayudando con otra fuerte suma a la edificación de las mismas.
El museo
En 1 .984, se
ve la necesidad de crear un museo en el que pudieran exponerse las ofrendas
de los fieles al Señor del Consuelo, con tal fin, se adquieren unas
vitrinas de armadura metálica que se instalan en el antiguo camarín,
pieza digna, decorada en su cúpula con pinturas de Antonio Jiménez,
pero de reducidas dimensiones para lo que se pretendía. En el 1.989,
el pequeño museo se traslada a la sala de juntas, dotándolo
de vitrinas adecuadas con armadura de madera de nogal. Más tarde, en
1.992, tras acondicionar la estancia que hay sobre la sacristía, -antiguo
granero-, se instaló en este lugar, más reservado y contiguo
al camarín, donde se conserva el Archivo.